Semana Santa: una semana más Abril 15, 2007
Posted by Daniel Alejandro Urrea Peña in Colombia, Envigado, General, Iglesia, Religión, Semana Santa.trackback
Por estos días la religión católica se toma, con más fuerza aún (lo que pareciera imposible), los escenarios de la sociedad colombiana: ritos y mitos se apoderan de toda práctica cotidiana (y, con mayor razón, pueblerina), hasta el punto en que la economía de las ciudades “no-turísticas” sufre un colapso: jueves y viernes santos, las calles de las ciudades se desiertan, a excepción de las horas de las procesiones, cuando estos mismos lugares son inundados con una extraña algarabía, un escándalo triste.
En nuestra Nación, Colombia, consagrada durante décadas al Sagrado Corazón de Jesús, no se respeta la diferencia. Poco importan las opiniones de los que se salen del molde cristiano-católico-apostólico-romano y cuasisanto de quienes manejan los cuatro poderes. Sobre todo, debido a la infiltración y extraña amalgama entre los intereses políticos, económicos y periodísticos, y los religiosos (que, en el fondo, obedecen a las mismas directrices políticas, económicas y periodísticas para el fortalecimiento de sus tentáculos).
Todas aquellas prácticas que no obedezcan a lo que esos mitos y ritos cataloguen como correcto, son tildadas de herejes, hasta el punto cínico de culpar de algunas tragedias al hecho de viajar en Semana Santa, comer carne en Semana Santa, beber en Semana Santa, tener sexo en Semana Santa, jugar en Semana Santa y, en general, sentir cualquier tipo de placer en Semana Santa.
Durante la pasada semana, descubrí algo que me dejó perplejo. En la iglesia Santa Gertrudis del parque de Envigado (municipio del departamento de Antioquia, Colombia) cobran $30.000 (más o menos U$ 15) a los feligreses que deseen cargar los santos. Lo que antes era una práctica de penitencia (¡masoquista!) de quienes desearan ayudar a su comunidad religiosa (¡un favor!) se convirtió en motivo de honor digno de ser cobrado en pesos colombianos.
Si bien mi posición frente a cualquier tipo de conflicto siempre será de tolerancia, no puedo evitar sentirme frustrado con semejante injusticia. Peor aún me pone saber que la mayoría de personas que quiero (tías, abuelos, madre, amigos y conocidos) son víctimas de estas canalladas, camufladas en el fervor, la fe, el misticismo y casi servilismo del pueblo cristiano.
Respeto. Ese es el valor que debemos adoptar quienes no hacemos parte de la tradición de la Semana Santa. Respeto por una tradición centenaria, cuyos orígenes, como todos, son nobles. Respeto, que no omisión e indolencia por sucesos como el antes narrado, que trasgrede los límites del descaro, el cinismo y el irrespeto.
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